Clinton - Zapatero: VIDAS PARALELAS.

Davis Saucedo

Por: David Saucedo Torres

Al cabo de algunas semanas de haberse efectuado las elecciones con las que se renovó el Congreso de los Diputados y en las que resultó reelecto José Luís Rodríguez Zapatero como presidente del gobierno español, y luego de haber escuchado y leído todo un cúmulo de interpretaciones diferentes sobre los posibles significados que este triunfo puede tener tanto para la sociedad española, como para la izquierda europea y latinoamericana en su conjunto,es factible intentar una reflexión centrada no tanto en los avatares de las estrategias político-electorales de los contenientes,sino en las condiciones estructurales sobre las que estas descansaron, así como el rumboque eventualmente seguirán los inquilinos del Palacio de La Moncloa.

La primera duda que surge una vez concluido el proceso electoral es saber si el gobierno de Zapatero dejó de tomar medidas en materia de política económica con motivo de las elecciones del 9 de marzo. Si para mantener las tendencias electorales a su favor “masajeo” la economía o postergó la adopción de políticas que de otro modo se habrían implementado sin dilación, meses o semanas antes de las elecciones.

La rapidez con la que se tomaron decisiones sobre el particular en la primera reunión del Consejo de Ministros del nuevo gobierno hace suponer que este fue el caso. Ya existía un diagnóstico nada halagüeño sobre el estado de la economía y un plan de acción para enfrentar la coyuntura. Sólo se estaba en espera de que los tiempos políticos fueran los apropiados para que las medidas adoptadas no pesaran en el ánimo del electorado. Esto es, para que los golpes del Partido Popular y Antonio Solá no tuviesen eco entre los votantes.

Dejando de lado el grado de maquiavelismo que Zapatero y compañía exhibieron para ejecutar una jugada como la antes descrita, a estas alturas es más interesante indagar si esta apuesta, ciertamente ingeniosa y audaz, no puso en peligro el plan general de batalla del PSOE, que parece apuntar hacia la búsqueda de una permanencia dilatada de los socialistas al frente del gobierno español.

Porque o bien los aparentes “bandazos” del PSOE a lo largo de estos últimos cuatro años de gobierno son sólo eso, ”bandazos”, o bien encierran cierta lógica y se inscriben en un programa de de largo aliento, que no tiene sentido a la luz de objetivos inmediatos y circunstanciales. Que no se explica si consideramos que para su diseño y aprobación se tuvo que pasar por toda suerte de escollos y sinsabores.

Es cierto que la caída del franquismo desató las viejas pretensiones autonómicas de varias provincias españolas y que Cataluña muy destacadamente encabeza esta tendencia; y que reconocer esta situación puede en efecto, significar una medida de realismo político como las que normalmente suele asumir el PSOE. Pero la reforma al Estatuto de Autonomía de Cataluña impulsado por dicho partido se realizó pensando en capturar los votos de los catalanes, más que en desatar la energía contenida de “las varias Españas”. Puede parecer una paradoja, pero en estos tiempos para llegar a la Moncloa es necesario ganar en el Nou Camp.

Es cierto que la transferencia de recursos, vía el programa de renta básica de emancipación y las reducciones de las cargas impositivas para los trabajadores (que en los próximos meses recibirán devoluciones netas), más otros programas análogos, eventualmente amortiguarán los efectos de la paulatina desaceleración del sector inmobiliario, uno de los principales motores de la economía española; pero dichas acciones son el resultado del pago de facturas pendientes con el sector obrero y para meterse en el bolsillo los votos de los jóvenes y no tan jóvenes beneficiarios de lo que en los hechos constituye una beca para “solteros”.

Por otro lado nadie duda que la burbuja demográfica española ejerce fuertes presiones para incorporar mano de obra migrante en la economía, ni que dicha política se corresponde con las posiciones que el PSOE ha venido sosteniendo con respecto a los beneficios del multiculturalimo; pero es más o menos claro que Zapatero ha mantenido y auspiciado “una política de puertas abiertas” hacia la migración con el objeto de convertir, en un futuro no muy lejano, esas manos en votos. Que otra vez, en espera del momento político apropiado, se lanzará un programa de legalización que “rejuvenezca a la envejecida sociedad española” y… que al mismo tiempo incremente la base de votantes del PSOE.

Por último, la aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo y la decisión de retirar a las tropas españolas de Irak, cuando apenas iniciaba el primer gobierno de Zapatero, constituyeron claras concesiones dirigidas a segmentos específicos del electorado español. Para ganarse a unos y para enemistarse con otros.

Como se ve la concepción idílica y casi romántica de un José Luís Rodríguez Zapatero encabezando un gobierno de una izquierda moderna, comprometida con ideas progresistas y de avanzada (a favor del alteridad, la diversidad, en contra de la guerra, del lado de los que menos tienen, etc.) palidece ante las razones de realpolitik pura que inspiraron la toma de decisiones en su primer período de gobierno.

Y es que en realidad todas estas medidas se inscriben en un plan retorcido, audaz e improbable:“subir el piso” y “elevar el techo” en la intención de a favor del PSOE. Lo que Zapatero y su círculo cercano buscaron fue crear una gran coalición electoral que les permitiera, antes de llegar a los comicios, tener consigo a un segmento lo suficientemente grande de votantes con los cuales ganar la presidencia y obtener un mandato lo suficientemente amplio para gobernar, sin necesidad de hacer alianzas con otros partidos. Es decir, con mayoría absoluta en el Congreso de los Diputados. La idea era asegurar la reelección de Zapatero y la permanencia del PSOE en el poder durante algunos periodos más, con un público cautivo cada vez más inmune a los zipizapes de las contiendas electorales.

Puede uno estar de acuerdo o no con esta propuesta, compartirla o rechazarla. Suponer que constituía una fantasía irrealizable o un objetivo al alcance de la mano; pero que la izquierda española se sintió con la fuerza para acometer un plan de estas dimensiones, ni duda cabe. Por ello, si con las medidas adoptadas había que enfrentarse al Departamento de Estado norteamericano, a la Iglesia Católica, al Partido Popular, a las fuerzas armadas españolas y a los sectores conservadores de la clase media, pues no quedaba de otra. No era tan importante la opinión de la clientela política del Partido Popular, sino “apapachar” al voto duro del PSOE y lograr que el corazón de los indecisos, parafraseando a Rosario Robles, comenzara a latir a la izquierda.

¿De qué intensidad y duración serán esos latidos? Es difícil decirlo. Los resultados de las elecciones del 9 de marzo indican que el primer objetivo se cumplió, pero apenas. Zapatero continuará cuatro años más, pero con un mando sujeto al desgaste natural del ejercicio de gobierno y con un Mariano Rajoy listo para utilizar el dedo índice en una muy previsible pose de “se los dije”, pues no es del todo claro que el PSOE haya terminado de construir el piso y el techo de su nueva casa.

Lo que es más, un entorno económico internacional adverso, sumado a un abultado déficit en cuenta corriente de la balanza de pagos, más un déficit en las finanzas públicas, parecerían un traje hecho a la medida del Partido Popular y constituyen el caballito de batalla ideal para poner en jaque al gobierno de Rodríguez Zapatero. El paulatino deterioro de la economía española podría ser el instrumento con el cual desbaratar el plan maestro de los socialistas.

En cierto sentido, este es en el verdadero fracaso de la campaña de Mariano Rajoy. Haber sido la Casandra de la historia, haber advertido con oportunidad que se estaba en la antesala de una situación económica comprometida y no haber podido transformar esas advertencias en votos. Más allá de la excelente opinión que tiene de si mismo, parece que el deseo de Rajoy por mantenerse al frente del Partido Popular se sustenta en el crédito político-electoral que ganaría con una debacle de la economía española.

¿Zapatero contará con el capital político necesario para enfrentar una crisis económica y al mismo tiempo mantener y en su caso incrementar un nivel de intención de voto que le permita reelegirse una vez más o para designar a su sucesor? ¿Qué posibilidades hay de que una estrategia como esta se vea coronada por el éxito?  No muchas si tomamos como punto comparación los resultados de otro intento análogo puesto en marcha por alguien a quien Zapatero conoce bien: Bill Clinton.

Al inicio de su primer periodo de gobierno, Bill Clinton trató de afianzar al Partido Demócrata entre ciertos sectores del electorado estadounidense (presionando al Estado Mayor Conjunto para que éste aceptara la incorporación de homosexuales en las filas del ejército, con un ambicioso programa de reforma del sistema de salud, realizando intercambios inconfensables para lograr la aprobación del TLC, reemplazando la estrategia intervencionista de Bush padre con la “diplomacia del misil de crucero”, tratando de dominar electoralmente al estado de California, etc.) para lograr lo que no se había logrado desde los tiempos de Lindon B. Jhonson: la reelección de un presidente demócrata.

Los resultados los conocemos todos. Clinton logró reelegirse pero se vio imposibilitado para impulsar exitosamente a Al Gore como su sucesor. La “gran coalición” demócrata se diluyo luego de que Clinton abandonara la Casa Blanca y los republicanos nuevamente volvieron a imponer su predominio en la política estadounidense. La derecha norteamericana libró una guerra sin cuartel en contra de los demócratas y con los buenos oficios de Kenneth Starr apunto estuvo de impedir que Bill Clinton concluyera con su segundo periodo de gobierno.

Las similitudes con el caso español saltan a la vista. Esta es más o menos la misma situación que enfrenta Zapatero luego de las elecciones del 9 de marzo. La radicalización de la derecha española tiene entonces un origen distinto a la sola repetición del triunfo del PSOE o a la adopción de políticas que simbólicamente se encuentran en el imaginario social del campo contrario. Lo que está en juego es el concepto de origen casi mexicano de “proyecto de nación”. Las maniobras tácticas del PSOE para garantizar su permanencia en el poder dan justo en el corazón de los intereses de los poderes fácticos españoles. El cobro de facturas ya no sólo es posible, sino también probable. A favor de una crisis económica española no sólo juegan las variables económicas, sino los propios intereses del Partido Popular.

Y como Clinton, Zapatero enfrentará el bloqueo sistemático de la “unión de todas las derechas” ¿Qué es lo que queda por hacer? Pensar detenidamente el porque Clinton no dio un contenido político a la respuesta que les diera a Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, en una tertulia de finales de 1994, cuando estos le cuestionaron sobre la identidad de su principal enemigo: la extrema derecha norteamericana.

Asumir las implicaciones de una situación tal y actuar en consecuencia parecería la mejor lección que Zapatero podría asimilar de la experiencia de su asesor en materia de cambio climático, aunque dudo seriamente que el cambio climático sea el tema principal de sus charlas y reuniones con el ex presidente norteamericano.